jueves, 16 de enero de 2014

A través de la ventana

Sintió un fuerte dolor en los ojos cuando el amanecer entró por su ventana, por entre las persianas abiertas y el vidrio cuarteado. Sintió su cuerpo pesado y un zumbido constante le taladraba la cabeza.

Luchando contra los estragos del alcohol que había consumido la noche anterior se enderezó permitiendo que sus pulmones se llenaran con un asqueroso aroma a sudor, vómito y cigarro.

Tosió un par de veces y bajó los pies de la cama encontrándose con un cuerpo desnudo recostado en el suelo. Logró ponerse de pie y observo los cuerpos semidesnudos de tres chicas, dos en la cama y uno tirado, justo junto al de su amigo.

Múltiples imágenes en diferentes tonalidades de gris llegaron a su mente, resolviendo todo e intensificando el dolor de cabeza. Se veía a él borracho, inclinado sobre el escusado, con vasos en las manos y con chicas de las cuales no recordaba el nombre. También la vio a ella. Sonriente, pudo sentir su aroma y escuchar su risa. Sintió su corazón envuelto en un frío que empezaba a volverse familiar.

Se acercó a la ventana esquivando botellas y colillas de cigarro, miró hacia afuera a través del cristal roto. Pudo ver a unos niños jugando y a su madre llamándolos para que caminaran a su lado. Miró hacia el frente y se topó con el reflejo de su mirada. La contempló por unos segundos. Se vio indiferente. Vacío. Casi como la mirada de un muerto.

- Lo siento.

Cerró los ojos con fuerza y tomó una botella de vodka de la que bebió hasta que no quedó una gota.

- No puedo hacer esto.


Volvió a mirar su reflejo por última vez y se acostó en la cama esperando  que un sueño profundo llegara por él.

Conty

Reflejos

No supo de dónde venía la música hasta que se dio media vuelta. A pesar de estar rodeada de árboles, podía distinguir a la distancia un par de luces que bailaban lentamente en el cielo.

Caminó en esa dirección. Dejándose llevar por la curiosidad. Esa música, a pesar de sentirse tan lejana, parecía llenarla por completo. Como si se tratase de ese viejo amigo, el que había conocido todos sus secretos y ahora ya no podía acompañarla. Sintió su corazón contraerse ante el recuerdo. Nadie sabía que no lo había superado, tal vez nunca llegara a hacerlo. ¿A quién le importaba? Nadie sentía su dolor. Nadie salía perjudicado.

Siguió evitando arbustos y ramas que colgaban de los árboles hasta que logró salir a una pequeña llanura. La música era más fuerte. Las luces del cielo estaban casi sobre su cabeza. Ya podía distinguir de dónde provenía todo aquello, aunque no entendía qué hacía una feria en un lugar como ese. Justo en medio de la nada.


Con dificultad se lograba leer el letrero que tenía al frente. El que enmarcaba la entrada al lugar que tanto la atraía. “Kaligayahan”. Las letras verdes, talladas en la madera corroída por el tiempo, sobresalían del fondo rojo opaco que lucía casi como si estuviera oxidado.

Dio un par de pasos al frente, solo eso bastó para que el clima pareciera hacerse más frío.  Un viento helado comenzó a soplar desde la zona boscosa que acababa de dejar atrás. Sintió una fuerte corriente eléctrica recorriendo su cuerpo al tiempo que miraba a su alrededor. Todo era oscura, carente de vida, pero las luces seguían tintineando frente y sobre ella. La música seguía llenando sus oídos, animándola a seguir adelante.

– ¡Pasa, entra a ver a las criaturas más extrañas del mundo! – El chico que vestía un esmoquin, acompañado de una bufanda blanca a juego con la camisa que le cubría la mitad del rostro, junto con un sombrero negro muy alto – vamos, adéntrate en este mundo de extrañezas –.

El chico la tomó por sorpresa, haciéndola dar un pequeño brinco.  Observó su atuendo, parecía fuera de lugar para el sitio en donde se encontraba. Observó sus ojos de un intenso color aceituna que parecían penetrar hasta lo más profundo de su ser. Sintió un inmenso alivió que no pudo explicar. Dejó que el chico la tomara de la mano y la guiará hasta una carpa, el lugar de donde provenían las luces y la música. Soltó un suspiro al ver todo aquello, era maravilloso. Ver tanta vida en un lugar tan apagado. Parecía ser un sueño luminoso.

– Adelante – el chico levantó la entrada a la carpa, haciéndole un además con la mano para que se adentrara.

Adentro las luces seguían resplandeciendo con diferentes colores, en su mayoría rojos y morados. Bordeando la carpa, había cientos de espejos mirando hacia el centro. Ella podía verse en cada uno de ellos, aunque de manera diferente, en algunos se veía muy alta, en otros muy flaca, en otros su cuerpo parecía retorcerse como si fuera una serpiente.

– Es increíble, ¿no lo crees? – ella se sorprendió al ver que el reflejo del chico no aparecía en ninguno de los espejos.

– Solo soy yo… Eso no es increíble, no son las criaturas más extrañas del mundo –.

– ¡Claro que es increíble! – El chico se colocó detrás de ella y la sujetó por los hombros – mira todas las formas que puedes tomar – dijo mientras lentamente la hacía girar.

– Todo es falso, son espejos – ella se soltó del agarré del chico y se giró para mirarlo a los ojos – asombroso es no tener un reflejo –.

– Personas como yo ya no podemos tener un reflejo – el chico retiró el sombrero y desenredó la bufanda que tenía alrededor de su cuello – personas como yo hemos perdido la oportunidad, ahora tú tienes que aprovecharla –.

– David – susurró ella mientras le acariciaba la mejilla y sus ojos se llenaban de lágrimas – eres tú, ¿cómo? –.

 – Escúchame – suplicó él – todas estas formas son reales. Cada una de estas formas representan una parte de quien eres, mira esa – señaló un espejo pequeño, en el que el cuerpo de la chica se veía aplastado – ahora mira eso – señaló en la dirección opuesta, a un espejo enorme en donde ella se veía alta, fuerte, poderosa – el dolor que sientes haces que te veas como en el primer espejo, pero si quieres, puedes transformar ese dolor en algo grande, solo tienes que creerlo posible, tienes que luchar por ello –.

– Pero yo no sé qué hacer –.

– Descuida, las respuestas llegarán en su momento, pero tienes que ayudarlas a llegar, tienes que buscarlas. Recuerda, tienes que luchar por ello –. Un par de lágrimas corrieron por las mejillas de la chica.

– Me haces mucha falta – lo miró a los ojos, pocas veces hablaba con tanta sinceridad.

– Nunca me fui, siempre he estado contigo, es solo que no puedes reconocerme, cada vez que ríes, cada vez que corres bajo la lluvia, cada vez que cantas o que bailas. También estoy ahí cuando lloras, intentando secar esas lágrimas que corren por mi culpa. Prométeme que vas a luchar – el rostro de David se tornó serio – promételo, dime que al despertar no buscarás otra cosa que tu felicidad –.

– Lo prometo – respondió ella en un tono casi inaudible.

– Te quiero – David sujetó las manos de la chica y las llevó hacia sus labios, depositando un tierno beso sobre sus nudillos.


Ella abrió los ojos, tenía las mejillas mojadas, estaba acostada en su cama, el sol brillaba fuera de su ventana. Se sentía renovada. Recordaba la promesa que había hecho, no sabía como pero todo aquello había sido real. Todo lo que había caminado, el letrero viejo, la feria sin vida, los espejos, todo tenía un significado que debía descubrir y aprovechar. Esbozó una gran sonrisa y se levantó de la cama lista para emprender ese nuevo viaje y descubrir cada uno de los reflejos que había visto durante la noche.

¿Alguna vez?

¿Alguna vez sintieron la necesidad de proteger a alguien? ¿La necesidad de hacer reír a una persona a toda costa? ¿De hacerla feliz? ¿De ayudarla a soñar? ¿Alguna vez se sintieron atados a una persona? ¿Quisieron soñar con alguien? ¿Dormir con alguien? ¿Alguna vez sintieron como su pecho se hunde al no poder abrazar a alguien? ¿Su cabeza ha dado vueltas en un mundo que es únicamente mágico para ustedes? ¿Alguna vez sintieron que su vida dependía de la sonrisa y de los saludos de alguien más? Yo lo siento… Siento tantas cosas justo ahora. Cosas que soy incapaz de explicar, cosas que giran en mi mente de día y de noche. Cosas que no me dejan dormir, pero tampoco me dejan despertar. Cosas que a pesar de todo lo malo que pueda estar pasando a mi alrededor, no me dejan caer. Me toman del rostro y me hacen mirar hacia adelante. Hacia un futuro esperanzador, en el que nada ni nadie podrá hacerme daño. En el que nada ni nadie, podrá separarme de ella. La que me hace sentir todo esto. La que me ha robado el sueño, la que inunda mis pensamientos. La que de manera inexplicable, se quedará alojada en mi corazón, por siempre.

Tu gran aventura

No quería mirar hacia atrás. No quería ver el rostro nervioso de sus padres. No quería que los nervios terminaran de apoderarse de su cuerpo. Pero debía hacerlo. Sentía la necesidad de correr a los brazos de su madre, aun sabiendo la desesperación que eso le causaría. No quería sentir débil. Era algo que nunca había tolerado.
Cerró los ojos y llenó sus pulmones de aire. Se dio media vuelta y se topó con los ojos cristalinos de su madre y la sonrisa apretada de su padre. Ella les sonrió, como siempre solían hacer, necesitaba decirles que todo estaría bien.
– Todo va a estar bien, solo es un años – se repetía sin sospechar que esas mismas palabras rondaban la cabeza de su madre, quien en un intento de aferrarse a la esencia de su hija, la abrazaba con toda la fuerza de la que se sentía capaz.
Levantó la mirada para contener las lágrimas que amenazaban con destrozar su impecable apariencia.
Recordó aquellos rostros humedecidos que la despidieron con abrazos y una sonrisa tatuada.
– Debo irme – miró a sus padres, imitando las sonrisas que acababa de recordar.
Miró hacia adelante, esperanzada, llena de ilusión e incluso de miedo. Su gran aventura estaba por comenzar.
No puedo creer que el momento llegara. Todo ha pasado muy rápido. Tal vez demasiado no puedo creer que estés por irte.
Estoy orgullosa de ti, porque a pesar de que solo han pasado dos años desde que nos conocimos, siento que lo hacemos desde hace quince. En este tiempo, me he dado cuenta de lo luchadora que eres,  de como no dejas de pelear hasta que alcanzas tus objetivos, por más lejos que se encuentres. Y ahora, gracias a eso, ¡Mírate! A punto de iniciar una de las que promete ser de las mejores aventuras de tu vida.
No puedo creer que estemos por decirnos adiós, y, por más que me repito que no será para siempre, que solo será un año, no puedo evitar que un inmenso nudo se forme en mi garganta amenazando con dejarme sin respiración.
Te voy a extrañar, muchísimo. Porque en este mundo lleno de desconocidos, tú te detuviste para conocerme un poquito mejor. Me vas a hacer falta, porque eres una de las personas que saben qué es lo que se esconde debajo de mi piel. Me harán falta esos múltiples abrazos que tal vez, sin quererlo, me dan un empujoncito para seguir con el día. Gracias por tenderme la mano sin detenerte a preguntar.
Gracias, prima, porque mi vida ha dado un vuelco radical, y sé, que tú eres una de las personas que tuvieron que ver en ello. Porque siempre me regalaste una sonrisa y me contagiaste con tus ganas de salir adelante.
Disfruta mucho de este sueño que esta por hacerse realidad. Sigue soñando, amando y disfrutando. Todos tus amigos, nos quedaremos esperando el día de tu regreso.
Ten en cuenta que tu vida podría estar a punto de cambiar completamente, fuera de tu país, tan lejos de tu hogar y de tus seres queridos.
Por favor, prométeme que paso lo que pase, no dejarás de soñar ni de ir tras esos sueños.
Te deseo lo mejor, pero no solo hoy, sino todos los días de tu vida.
Recuerda que estaré esperando con los brazos temblorosos y llenos de ansias por abrazarte una vez más.
Te quiero, prima. Hoy y siempre. Por todos los recuerdos que guardo y por los que, seguramente, a tu regreso, podremos crear.

Te quiere

Abi

Para ella

No estoy muy segura de lo que estoy haciendo. No sé si quiera, si debería seguir o detenerme justo en donde estoy. Lo que menos quiero es lastimarte. Seguir haciéndolo. Por favor, se honesta conmigo.
Si hago esto, es porque me hubiera gustado hacerlo bien desde el principio. Decirlo directamente, sin titubeos, sin dejarte adivinar. Con esto no busco cambiar tu opinión. Solo quiero decir las cosas que tal vez en su momento no me atreví a decir, tal vez todo se pueda hacer más claro. No lo sé. Solo espero egoístamente, que me ayude a expresarme un poco mejor.
“Aquí estoy yo, abriéndote mi corazón”.
Esto es algo muy intenso, me hace emocionarme, sufrir, reír, llorar y suspirar. En un año he logrado sentir tantas cosas, todas diferentes pero a la vez hermosas. Es cuando lo pienso y me doy cuenta, de que nunca había sentido algo así.
Eres tan… increíble. Eres tan fuerte, eres valiente, talentosa, grande, insuperable. Pero para mi, también eres una pequeña, frágil, delicada, graciosa. Hermosa. Perfecta. Hay tantas cosas de las que al parecer no te has dado cuenta. Gracias por compartir conmigo todo eso. Ha sido un gran honor conocer a alguien tan especial cojo tú.
“Que no te quepa duda, cuenta con mi vida y mi devoción”.
He esperado tanto tiempo para decirte esto. Pero el miedo me detenía. Miedo a que te alejaras, miedo a perderte. Miedo a arruinar todo lo que tenemos. Incluso llegué a temer a que pensaras que estoy es únicamente porque me siento sola. Hoy estoy segura de que no es así. Y por fin, después de tres días, de palabras, de canciones, de miles de indirectas, me decidí a hacerlo. Sin saber si hacia bien o mal. Con una pequeña esperanza. Con el corazón en la mano.
Fue torpe, lo sé. Así soy gran parte del tiempo.
¿Celos? Si, todo el tiempo. ¿Alegría? Cada vez que me dices “hola”. ¿Dolor? Cada vez que decimos “adiós”.
De un tiempo a la fecha te has vuelto el centro de todo. Mis días no son días hasta que no apareces. Mis días terminan cuando te vas.
Pienso en ti. Sueño contigo. Eres simplemente mi todo.
“Tú me das, un golpe de energía cuando estoy sin batería, tú me das, la vida en un instante”.
¿Qué si te amo? Si, lo hago, con todo el corazón y me encanta. Porque lo que siente me ha animado me ha dado razones para seguir adelante, para pensar, que todo puede ser mejor. Que no estoy sola.
Muchas veces creí estar enamorada pero lo cierto, es que nada de eso tiene comparación con lo que siento ahora.
Te amo. Y lo seguiré haciendo aunque tal vez de diferente manera. No te será sencillo deshacerte de mí.
Tal vez te sea difícil de creer, pero te prometo. Te juro, por la estrella más hermosa de la noche que no me alejaré de ti. A menos que así lo quieras.
Y a pesar de todas las barreras, los kilómetros, todo. Siempre voy a estar a tu lado. Queriéndote, abrazándote, escuchándote, protegiéndote. Ahora entiendo que las palabras a veces no serán suficientes, pero recuerda que estoy a tu lado.
Porque no eres solo una chica a ala que conocí por casualidad, eres mi amiga. Te adoro y te juro que eso nunca va a cambiar.
Y voy a luchar hasta poderte encontrar. No voy a descansar hasta que pueda tomarte de la mano y mirándote a los ojos te pueda dar las gracias por todo lo que has hecho por mí. Por mantenerme en éste mundo. Porque sin si quiera conocerme, me abriste las puertas de tu vida y de tu corazón.
Se me terminan las palabras para expresarte todo lo que eres para mí. Y de nuevo me siento tonta, porque sé que no hay nada que se compare con todo lo que tú me has dado.
Por favor, perdóname si en algún momento te incomodé o te hice daño. Eso nunca ha sido mi intención.
Gracias por ser así. Tan linda. Tan bella. Tan hermosa. Perfecta. Eres increíble.

Nunca olvides que te adoro con todo mí ser.

Volver a olvidar

¿Por dónde empezar? ¿Por el hecho de que hay cosas que no recordaba? Creo que hubiera sido mejor dejarlas así. Escondidas. Sin que la molestaran o la hicieran sentir algo que ni siquiera entiende. ¿Asco? ¿Miedo? ¿Impotencia? ¿Culpa? No sabe qué es. Un poco de todo tal vez.
– ¿Por dónde? –.
– Por donde quieras – dijo con esa mirada serena, casi sin vida que de poco en poco, se ganaba su confianza, aunque no era como si le quedara otra opción.
– Estaba en secundaria – él tomo su libreta, haciéndola sentir insegura. Generalmente ella era la que escribía lo que pasaba en su vida, con otros nombres, con otros lugares, con lo que fuera, pero ella era quien lo hacía. Él le dirigió una mirada, invitándola a continuar.  – Primero de secundaria, cuando la vida no me daba mayores problemas que un ejercicio de matemáticas sin aparente resultado –.
 – Hemos visto que eso no es cierto – interrumpió. Ella hizo una mueca y procuró no hacer mucho caso a ese tipo de comentarios. Era cierto, acababa de recordar toda una vida. Le parecía dramático, pero no lo estaba inventando. Le sorprendió la claridad con que podía ver todo aquello, pero sin duda, fue ese recuerdo, el que le arrancó la tranquilidad que sentía.
– Tomé el autobús para ir a casa, como todos los días, la ruta 24 – frunció el ceño, recordando las calles por las que transitaba – Dos calles después de haberme subido, subió un señor que tomó asiento a mi lado, dejándome acorralada contra la ventana. No le di mucha importancia –.
– ¿Luego qué pasó?  – .
Su mirada se clavó al frente, podía ver la escena con toda claridad. Todos los detalles. La luz del sol, los árboles que pasaban junto a su ventana, la pareja que estaba sentada detrás de ellos. Todo.
– Él me miraba, me comenzaba a sentir incómoda. Yo observaba por la ventana, no me atrevía a levantar la cara –. Una sensación de escalofrío recorrió su espalda. Entrelazó sus dedos y los apretó con fuerza. Su nerviosismo incrementaba a cada minuto ¿Cómo era posible que lo hubiera olvidado? ¿Por qué lo tenía que recordar ahora? – Después de unos minutos, sentí como su mano se deslizaba por mi pierna –.
La habitación se quedó en silencio. No había nada. Ni siquiera los autos lograban quebrar lo que parecía estar apunto de asfixiarla. Él no dijo nada, por lo tanto ella continuó.
– No supe qué hacer, no supe cómo reaccionar. Me quedé sentada, mirando por la ventana – sintió culpa. No hubiera sido tan difícil, levantarse y decir lo que estaba pasando, alguien la hubiera ayudado, el problema se hubiera quedado ahí. Pero no, simplemente decidió jugar a hacerse la fuerte.  – Metió su mano por la parte de atrás de mi playera, aún llevaba el uniforme –.
Volvió a sentir sus manos recorrer sus piernas, su respiración se aceleró y sus ojos se clavaron en el piso buscando un escape a lo que la embargaba en aquellos momentos.
– Me desabrochó la falda –.
– ¿Eso es todo? – Se quedó en silencio, pensando en lo que había ocurrido, sabiendo que no era todo, sintiéndose incómoda y aunque no venía al caso, agredida. Torpe, inútil. Estúpida por no haberse levantado.
– Me acarició el muslo hasta que llegó a mi entrepierna – esa última palabra la había hecho sentir aún más estúpida – ya casi llegábamos a mi destino, me daba miedo que no me dejara moverme, pero me aterraba que la falda pudiera caer. Me levanté y pasé a su lado, como si nada hubiera pasado. Bajé del camión, seria, como siempre. Con los audífonos aún en mis oídos –.
El consultorio de nuevo se quedó en silencio, él apuntaba en su cuaderno, esperando a que ella continuara con la historia, aunque no sabía si habría algo más para contar.
Ella lo había vuelto a ver, aunque la historia no se había repetido. Si bien, no se atrevió a decir nada, no se permitió permanecer en el mismo camión, sentada al lado de aquel sujeto que parecía saber la hora exacta en la que ella tomaría el transporte. Tal vez lo sabía, no era una chica a la que le gustara cambiar su rutina.
El relato había terminado, pero ella seguía con los dedos entrelazados y con la mirada perdida en el piso.
– ¿Estás bien? – musitó él
– Si – ella sonaba segura. Luchaba con todas sus fuerzas para que el nudo en su garganta no le quebrara la voz – ¿Puedo irme? –.
– Claro – el doctor no tenía ningún motivo para retenerla.
Llegó a casa, y todas esas emociones incomprensibles empezaron el ataque, una oleada de “hubieras” y de pensamientos tontos la acorralaron y la hicieron sentir peor de lo que sintió mientras recordaba. ¿Cómo era posible que hubiera olvidado eso? ¿Por qué lo tenía que recordar ahora? Sin duda, de algún modo eso la ayudaría. Él sabría cómo tratarlo o si era algo que la estaba afectando. Tal vez, era algo que se había quedado alojado sin importancia en su memoria. Tal vez, sin saberlo, se había propuesto eliminar ese recuerdo. Era claro que no lo había logrado. Sabía, que ahora, menos que nunca, podría dejar eso de lado. Ahora, esas imágenes, le taladraban la cabeza a cada momento, haciéndola desear haber sido un poquito más inteligente.

¿Cómo podría volver a olvidar?

martes, 14 de enero de 2014

Banca Blanca

Aventó la puerta, que hizo un fuerte ruido al cerrarse, pero a ella no le importó. Empezó a correr sin mirar atrás, no quería que su pecho se llenara de temor y culpa al sentir como toda su vida se quebraba con cada una de sus largas zancadas.
Corrió. Lo hizo hasta que la fuerza de sus piernas desapareció por completo. La lluvia repiqueteaba con fuerza sobre las ventas de los edificios que la rodeaban, pero no le molestaba. Le gustaba creer que la lluvia la acompañaba en sus momentos de pena. Siempre que los tenía, las gotas parecías abrazarla, intentando consolarla.
Sin darse cuenta se dejó caer sobre un charco que empapó sus jeans. Empezó a llorar. Miró hacia el cielo con rencor, buscando una respuesta a todo lo que le estaba pasando. Hacía menos de una hora que había salido de su casa, no tenía intenciones de regresar. No valía la pena. Seguramente ni siquiera habían notado su ausencia. Seguramente no lo harían hasta la mañana siguiente que no bajara a preparar el desayuno. Eso le daría más tiempo de huir.
Miró a su alrededor. La ciudad estaba vacía. ¿Cómo era posible que la gente se dejara asustar con una lluvia tan perfecta como aquella? Los semáforos controlaban un tráfico inexistente. Las tiendas, a pesar de ser temprano estaban cerradas. De no ser por el viento y las gotas de lluvia, la ciudad hubiera quedado en un terrible silencio.
Colgó la cabeza, sintiendo un ligero dolor en el cuello que prefirió ignorar. Golpeó el suelo con los puños cerrados. Su largo cabello rubio caía por sus mejillas ocultándole el rostro. Su llanto se hizo más fuerte.
Se mantuvo calmada, con los ojos cerrados y la cabeza inclinada. Una ráfaga de viento helado la hizo temblar. Sintió como una mano se posó sobre su hombro.
– No creo que debas estar sola un día tan feo como el de hoy – era la voz de un hombre. Cálida y amable. Gruesa, elegante. El tipo de voz que lograba seducir.
– Me agrada – respondió – es húmedo – la voz de ella por el contrario era inexpresiva y cortante.
– Me disculparas, pero puedo ver como tiemblas, así que por lo menos déjame ayudarte con eso –.
Ella no entendió muy bien a qué se refería hasta que sintió algo cubriéndole la espalda. Levantó la mirada y se topó con un par de hermosos ojos verdes.
– Mejor ¿No es cierto? – él sonreía con amabilidad – vamos, límpiate esos ojos y acompáñame – pasó con suavidad su pulgar sobre la cara de la chica. Se levantó y le extendió la mano – vamos – insistió.
Ignorando la mano tendida frente a ella y con cierta dificultad logró ponerse de pie sin soltar la gabardina que le cubría la espalda. Arregló un poco su cabello colocándolo sobre su hombro derecho y se limpió nuevamente los ojos. Observó al muchacho, quien a pesar de la poca cortesía, conservaba una maravillosa sonrisa en su rostro. Parecía un chico común y corriente. Alto como de un metro ochenta, moreno, con el cabello oscuro cayendo en gráciles rizos sobre sus hombros y un peculiar sobrero en copa que no lograba aplastarlos. Vestía un traje negro, con un corbatín bien amarrado al cuello. Lo miró de arriba abajo y notó que también llevaba un bastón en la mano izquierda.
– ¿Quién eres? – preguntó ella con seriedad.
– Un amigo – respondió con simpleza. – Ahora vamos, que se hace tarde y tenemos que caminar mucho –.
– No puedo ir contigo, que tal si eres una especie de violador o algo así – la voz de la chica había adquirido un tono irónico y casi ofensivo, pero a él parecía no molestarle.
– ¿Un violador te daría su gabardina? –.
– Uno de tus trucos para seducir mujeres indefensas –.
– Buen punto - dijo sonriente – pero no soy un violador. Y si lo fuera... Bueno no eres de mi tipo demasiado flacucha y rubia –. Se dio media vuelta con galanura y empezó a caminar jugueteando con el bastón entre los dedos de su mano.
– Tarado – resopló ella aun sin soltar la gabardina. – ¿Por lo menos me dirás a dónde vamos? –.
– Si quieres saberlo tendrás que acompañarme, las cosas no son tan fáciles como crees –.
– Ni que lo digas – tras estas palabras, el muchacho se detuvo en seco apoyando el bastón sobre el suelo.
– Podrías insistir un poco más, ¿sabes? ¿Si a la primera no te resulta lo dejas? Que mal – negó con la cabeza y miro con el filo del ojo a la chica que con largos pasos había logrado alcanzarlo. Volvió la mirada al frente y siguió caminando – creo que tienes mucho por aprender –.
– Pero... –.
–Empezaremos con el silencio – dijo interrumpiendo a la chica – pensé que era algo que se te daba naturalmente –.
Lo hace – respondió molesta – en situaciones normales, y por si no lo has notado ésta es todo menos una situación normal. Voy a quien sabe dónde con quien sabe quién.
– ¿Por qué lo haces? ¿Acaso te lo ordene? No lo creo. Vienes porque quieres y porque tu curiosidad te lo implora. No es normal que un muchacho de mi edad ande por la vida vestido del modo en que yo lo hago, portando un bastón que no le sirve de soporte y brindando un poco de calor a las chicas desamparadas que encuentra en el camino – se detuvo para girarse y mirarla de frente – eso, sin duda alguna te llena de curiosidad –.
– Si, tienes razón – dijo ella con fastidio – mi curiosidad muere por saber qué clase de maravillosos secretos se ocultan detrás de tu increíble vestuario –.
– No es el vestuario, querida. Es la forma en que lo portas – el muchacho continuó con su camino, jugueteando con el bastón sin ninguna dificultad, parecía todo un experto – ahora apresúrate que tenemos un largo camino por delante –.
Sin decir una palabra más ella lo siguió. Caminaron un largo rato, atravesando las vacías calles de la ciudad. La lluvia se había detenido, pero el viento seguía presente, cada vez más helado.
Su nariz se había teñido de rojo al igual que sus pómulos, sus manos intentaban protegerse del frío escondiéndose dentro de las largas mangas de la gabardina, pero a pesar de todos los esfuerzos seguías estando entumidas.
Llegaron a las a fueras de la ciudad, una zona en la que ella nunca había estado y que por consiguiente no conocía. Ahí las personas no se habían asustado por el clima, todos parecía alegres y amigables, saludando al muchacho que la acompañaba y regalándole afectuosas sonrisas y palmadas en la espalda como recibimiento.
– ¿En dónde estamos? – preguntó ella mientras soplaba un poco sobre sus manos.
– En un lugar increíble – respondió con una gran sonrisa en el rostro – linda nariz Rudolph –. Le tomó la mano, sin darle tiempo para reaccionar a su último comentario, y atravesó una vieja puerta de madera que parecía estar a punto de caer. Era una pequeña tienda con artículos que ella no lograba identificar.
Tras el mostrador, una señora de edad avanzada, los saludó con la misma alegría con la que parecían vivir todos. A pesar de su, en apariencia, larga edad, no parecía tener ninguna dolencia. Vestía un largo vestido floreado que cubría con una pequeña chalina color naranja. Su cabello iba amarrado en un chongo mal peinado adornado con un par de flores haciendo juego con el vestido.
En el fondo, una cortina morada cubría la salida trasera de la tienda. Se detuvieron frente a ella y con delicadeza, él la tomó desde una esquina y la levantó, dejándole ver lo que había del otro lado.
– Lindo ¿No? –.
El rostro se le iluminó con lo que vio. Un enorme campo verde bajo el cielo nublado. Las personas en ese lugar parecían igual o más felices que las que había visto hacía unos momentos. Todos realizando diversas actividades, niños jugando. Más lejos, una gran laguna que iluminaba aún más aquella vista, el agua era cristalina. Unos cuantos patos nadaban con tranquilidad. El viento sopló en su dirección, trayendo consigo un increíble aroma a flores. Parecía un lugar perfecto para vivir.
– No sabía que tuviéramos esto en la ciudad, es maravilloso – como las demás personas, ella empezó a sonreír. Aun tomándola de la mano, el chico salió de la tienda y caminó atravesando el pequeño valle. Caminando entre flores y árboles frondosos que se movían al compás del viento. Era simplemente perfecto. Se detuvieron a unos cuantos metros de la laguna, junto a una banca perfectamente pintada de blanco.
– Adelante – dijo el muchacho haciendo un además que la invitara a tomar asiento.
– Gracias – respondió.
Estuvieron en silencio por unos cuantos segundos. Disfrutando de la vista que él tenía cada día y que ella acababa de conocer.
– Como dije, aún tienes mucho por saber – ella lo miró confundida. Sus palabras la habían hecho recordar el pésimo día que había tenido.
Como cada mañana, se había levantado a preparar el desayuno para su madre y su padrastro. El que tantas veces había intentado hacerle daño. El que había destruido su infancia y que la trataba como si no fuera más que una inútil basura. Corría por la cocina, intentando acabar lo más pronto posible. Su despertador se había quedado sin pila y ella se había quedado dormida. Sabía que en cualquier momento ambos bajarían para desayunar. Pensaba en lo que pasaría si ella no tenía todo listo a tiempo.
Escuchó ruidos en la habitación de arriba y su corazón se aceleró sin aparente razón. Sabía que no le daría tiempo de terminar. Como pudo, sirvió los huevos en un par de platos y los colocó sobre la mesa, escuchando como un par de pisadas bajaban las escaleras de la casa. Colocó cubiertos a los lados de cada plato y regresó a la cocina para servir el jugo de naranja que acababa de preparar.
Escuchó una voz masculina gritar su nombre desde la otra habitación. Caminó con velocidad hacia la mesa, cargando en una mano un par de vasos y en la otra una jarra llena de jugo de naranja. Cuando estuvo a punto de llegar a la mesa, tropezó dejando caer los dos vasos al suelo y derramando un poco de jugo sobre los platos con comida. Su padrastro, furioso se levantó y la tomo del brazo, jalándola por toda a habitación hasta que llegaron al sofá, en donde la dejó caer con brusquedad.
Ella lo miró, pidiendo piedad, pero no obtuvo respuesta. Dirigió la mirada hacia su madre, quien miraba aquella escena sin ninguna preocupación. Compuso la mirada y observó la enorme figura de aquel extraño señor, sosteniendo un cinturón en lo alto. Cerró los ojos y volteó el rostro para intentar protegerse.
– “Eres una inútil, no sé para que llegaste a éste mundo si no sirves para nada” –.
Al recordar aquellas palabras se estremeció, y colocó su mano derecha sobre su hombro izquierdo, recordando las marcas que los múltiples golpes le habían ocasionado. Una lágrima rodó por su mejilla.
– ¿Estás bien? – preguntó él, acercándose con el ceño fruncido por la preocupación.
– Solo como siempre – respondió ella sin hacer contacto visual.
– Lo sé – dijo él pasando su brazo por encima del cuello de ella. Ella se recargó en su pecho – duele. Pero no puedes dejar que esto de destruya. Tienes todo lo que quieres, sólo tienes que buscarlo aquí – dijo señalando su cabeza – y darle forma con lo que tienes aquí – ayudó a la chica a incorporarse y señaló su corazón.
– Osea que… –.
– Necesitabas alguien que te mostrara lo increíble que puede ser todo y lo maravillosa que puedes ser tú. Siempre hay momentos tristes y oscuros, como el día de hoy, por ejemplo, nublado, lluvioso y frío, un día en el que todos se esconden en sus casas, perdiéndose de un verdadero espectáculo de la naturaleza – Se giró para ponerse de rodillas sobre la banca – mira a los árboles y al viento, creando esa maravillosa sinfonía que ni el mejor de los músicos ha podido capturar. Míralos a ellos, tan felices – dijo dirigiéndose a las personas que reían delante de ellos.
– No son reales – respondió con frialdad.
– Tal vez ellos no son reales, pero sus emociones si, cada uno de ellos vive dentro de ti. Sienten lo que tú sientes. Sueñan lo que tú suelas. Desean lo que tú deseas.
¿Crees que si esa felicidad no existiera dentro de ti, ellos la podrían expresar del modo en que lo hacen? –.
– Gracias – una nueva sonrisa se dibujó en su rostro. Talló sus manos, una contra la otra y se puso de pie, estirando los músculos como si hubiera estado en esa misma posición durante horas. Observó durante un par de segundos el lago que brillaba frente a ella. Si el lago lo hacía con tal intensidad, seguramente ella también podría.
– Empiezas a entenderlo – dijo el chico que seguía sentado con los brazos cruzados sobre el pecho. – Soy parte de lo que está ahí dentro – dijo al notar que ella lo miraba de un modo extraño. Ella rió y empezó a caminar de regreso hacia la vieja tienda. – Suerte, Rebeca – ella volvió la vista hacia el muchacho que la observaba con detenimiento.
– ¿Ahora si me dirás tu nombre? – dijo con una sonrisa, casi tan hermosa como la del chico, en el rostro.
– No lo sé, tú dime – ella volvió a sonreír, empezando a caminar nuevamente.
– Nos vemos pronto, Ricardo – él chico que se quedó detrás de ella se quitó el sombrero y esbozó una enorme y placentera sonrisa, estirando los brazos para recargarlos sobre la banca blanca.
Al salir de la tienda, todo se cubrió de un profundo color negro, asustando a Rebeca por un instante. Cerró los ojos y al abrirlos, se descubrió aún tirada sobre el charco, con el cabello cayendo a un lado de su rostro. Se levantó y miró hacia ambos lados, buscando a Ricardo o a la anciana de la tienda. Pero o había nadie, la ciudad seguía estando sola.
– Gracias, Ricardo, pero creo que éste no es precisamente para darle forma a lo que quiero – puso las manos sobre su pecho sintiendo un escalofrío que la hizo estremecer. En esa misma posición empezó a caminar. Estaba claro que no regresaría, pero sabía que tenía la oportunidad de comenzar de nuevo, en otro lugar, haciendo lo que a ella más le gustara. Tal vez lo pasaría bien, tal vez no, pero no se cansaría de intentar, hasta que las cosas salieran como ella lo deseaba.